El viernes el tesorero australiano Jim Chalmers confirmó que la proyección de crecimiento del 1,75 % incluida en el presupuesto de mayo será revisada a la baja. La causa, según explicó, son los efectos combinados de tres aumentos consecutivos de la tasa de interés por parte del Banco de la Reserva de Australia (RBA) y una inflación que se mantiene por encima del 6 % anual. En los últimos doce meses el Índice de Precios al Consumidor (IPC) ha registrado un 6,7 %, nivel que supera la meta del banco central y que obliga a endurecer la política monetaria. El anuncio llega cuando los analistas internacionales ya habían señalado que la recuperación post‑pandemia de la nación insular mostraba signos de agotamiento.

Australia ha experimentado cuatro subidas de la tasa oficial desde marzo de 2022, pasando de 0,1 % a 3,85 % en la actualidad. Cada punto porcentual de ajuste ha encarecido el crédito para empresas y consumidores, reduciendo la inversión en sectores sensibles al costo financiero, como la construcción y la minería de bajo margen. La presión sobre los precios también se ha traducido en salarios reales estancados, lo que debilita la demanda interna. En este escenario, el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) del tercer trimestre de 2023 fue de apenas 0,2 %, una cifra que se aleja del ritmo de expansión del 2,5 % registrado en 2019.

El contexto macro australiano y sus repercusiones globales

Para comprender la magnitud del aviso de Chalmers, conviene recordar que la economía australiana había dependido durante años de un impulso externo liderado por la demanda china de mineral de hierro y carbón térmico. En 2021, el sector minero aportó el 10 % del PIB y generó más del 30 % de las exportaciones totales. Sin embargo, desde que China redujo sus importaciones en 2022, los precios del mineral cayeron un 18 % y el volumen de exportación se contrajo un 12 %. Esa caída coincidió con la desaceleración del crecimiento del PIB australiano a 1,9 % en 2022, y con la primera recesión técnica del país en más de tres décadas, aunque la recesión fue breve.

En los últimos años, el gobierno federal intentó compensar la pérdida de demanda externa con estímulos fiscales, como la reducción del impuesto a la renta corporativa y la ampliación de créditos para energías renovables. No obstante, el déficit fiscal se mantuvo en torno al 3 % del PIB en 2023, obligando al Tesoro a financiar el gasto mediante la emisión de deuda en dólares australianos. La combinación de déficit y alta inflación ha encarecido los costos de endeudamiento, generando una espiral que obliga al RBA a seguir subiendo tasas para anclar las expectativas inflacionarias. Todo indica que la economía australiana está entrando en una fase de ajuste estructural, donde la dependencia de materias primas será cada vez menos determinante.

Implicancias para la economía argentina

Para los argentinos, la noticia australiana tiene varias aristas. Primero, el debilitamiento del crecimiento australiano presiona a la baja el precio del dólar australiano (AUD) frente al peso (ARS). Desde el inicio del año, el tipo de cambio oficial ha subido de 260 a 285 ARS por AUD, mientras que el mercado paralelo muestra una brecha de unos 15 %. Una caída adicional del AUD podría traducirse en una apreciación del peso, al menos de forma puntual, lo que beneficiaría a los importadores de bienes australianos, pero encarecería la competitividad de los exportadores argentinos que venden en mercados donde el AUD es referencia.

En segundo lugar, la disminución del apetito australiano por materias primas afecta directamente a los precios internacionales del mineral de hierro y del carbón, dos commodities que también son relevantes para la balanza comercial argentina. Si los precios internacionales siguen bajo presión, los ingresos por exportaciones de soja y maíz, que compiten en los mercados de Asia, podrían verse afectados, reduciendo la entrada de divisas al país. El Merval, que ha reaccionado históricamente a los movimientos de los precios de commodities, podría experimentar una mayor volatilidad, con el sector minero y de energía liderando la agenda bursátil.

Para el inversor argentino, la recomendación implícita es diversificar la exposición cambiaria y buscar refugio en activos menos correlacionados con el AUD. Los bonos soberanos en dólares siguen ofreciendo rendimientos atractivos pese a la alta inflación local; sin embargo, la posible apreciación del peso frente al AUD abre la puerta a estrategias de cobertura con forward de divisas o con fondos que invierten en mercados australianos pero denominados en dólares estadounidenses. Además, la expectativa de una política monetaria más restrictiva en Australia sugiere que los fondos de inversión internacionales podrían reorientar sus portafolios hacia activos de mayor rendimiento, lo cual podría generar una salida de capitales de mercados emergentes, incluido Argentina, presionando nuevamente al peso.

Los próximos meses serán decisivos para confirmar si la desaceleración australiana se consolida o si el país logra reactivar su motor exportador mediante acuerdos comerciales con Asia o mediante la transición a energías renovables. Los analistas observarán de cerca los indicadores de actividad manufacturera, los niveles de empleo y, sobre todo, los próximos comunicados del RBA sobre la política de tasas. En caso de que la Reserva mantenga o incluso aumente la tasa de interés, el AUD podría seguir perdiendo terreno, lo que aliviaría parte de la presión sobre el tipo de cambio argentino.

En el horizonte, dos escenarios se perfilan: uno donde la inflación australiana cede y el RBA comienza a recortar tasas, lo que reactivaría la inversión y estabilizaría el AUD; y otro donde la inflación se mantiene rígida, obligando a nuevas alzas y profundizando la recesión. Para los argentinos, la clave estará en monitorear la evolución del IPC australiano y los precios de los commodities, ya que cualquier movimiento significativo repercutirá en la balanza comercial y en la percepción de riesgo de los mercados emergentes. Mantener una posición flexible, con parte del portafolio en dólares y otra en activos locales bien protegidos contra la devaluación, será la estrategia más prudente en este entorno incierto.